Para muchos, las artes escénicas (música, teatro, cine) siguen un camino
diferente al de las artes plásticas. Son otra cosa, que no tiene puntos
de conexión. El festival Sónar de Barcelona se empeña desde hace dos décadas en demostrar lo contrario. Creado en 1994, Sónar es ante todo un festival de música electrónica, pero a la vez un esfuerzo por conectar la música, la escenografía, el happening, la instalación y la luminotecnia en un todo global que no puede ser sino arte con mayúscula, arte integral en una palabra.
La música electrónica, la columna vertebral del festival (que celebra este año su 21ª edición), nació
con voluntad de integrarse en un concepto más amplio de la creación.
Por eso ha tenido siempre empeño (pensemos en Kraftwerk) en aunar lo
visual con lo sonoro, en usar ambos para hacer una llamada a la
reflexión sobre los dilemas de lo contemporáneo y las formas de ser y
estar hoy en el mundo. Y todo ello a través de las nuevas tecnologías, que ningún artista que se precie puede ignorar en la actualidad.
El festival que recala ahora en
Barcelona tiene eco múltiple en muchas otras ciudades. Ha visitado
Reykjavik, Buenos Aires, Nueva York, Londres, Frankfurt, Seúl, Lisboa,
Lyon, Hamburgo, Toronto, Montreal, Chicago, Boston, Denver, Oakland, Los
Ángeles, Tokio y Osaka. Este año presenta nuevos shows audiovisuales: Plastikman (Objekt), Massive Atack y Audion,
entre otros. Estos nombres están asociados no solo a la creación
musical, sino a la puesta en escena de espectáculos audiovisuales.
En su última edición, la pieza más espectacular del mosaico la puso Kraftwerk, el
cuarteto que actuó con un show en 3-D igual que con anterioridad había
hecho en el MoMA de Nueva York. Plastikman también ha actuado en museos,
en su caso en el Guggenheim de la Gran Manzana.
Si se me permite el anacronismo, me gustaría recordar que Farinelli,
el cantante castrato que triunfaba en la corte de Felipe V, primero, y
Fernando VI y Bárbara de Braganza, después, era no solo cantante e
intérprete musical, sino escenógrafo y gran maestro de ceremonias de la
corte del rey pacífico, en los años centrales del siglo XVIII.
De
Farinelli se conserva un impresionante manuscrito ilustrado en la Biblioteca del Palacio Real en la que este todo terreno
de la creatividad diseña, dirige, organiza y explica sus montajes
operísticos a la pareja real.
Al hablar de Sónar no puedo evitar
pensar en este precedente del concepto de la música como hilo conductor
del arte por el arte, pues se trata de un festival que no separa lo
visual de lo musical, como tampoco lo hacen algunos de los creadores de
los más impactantes vídeos artísticos del momento, y permítaseme citar
aquí a Bill Viola, un autor que usando las nuevas tecnologías hace arte puro fundiendo cine, teatro, pintura clásica y música al mismo tiempo.
No quiero terminar sin añadir dos notas:
la primera, que en el Sónar que se avecina hay una novedad destacable:
lo que los organizadores llaman “Sónar+D, un congreso
internacional sobre creatividad y tecnología destinado a potenciar el
talento en el entorno de la cultura digital; la segunda, el Sonarcinema (http://sonar.es/es/2014/prg/ag/), que confirma la vocación del festival de erigirse como modelo del arte global del futuro.
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